Bárbara Rey Actis, especialista en economía de la longevidad, analiza cómo una vida más larga redefine los riesgos que enfrentan las personas y el mercado asegurador. El desafío ya no es solo protegerse frente a una muerte prematura, sino también planificar cómo financiar veinte o treinta años adicionales de vida.
Vivir más años dejó de ser una excepción para convertirse en una nueva realidad demográfica, pero el modelo con el que tradicionalmente pensamos la vida —estudiar, trabajar, retirarse— todavía no terminó de adaptarse. Bárbara Rey Actis, autora de “Una longevidad con sentido” (Verssus Libros), analiza cómo ese cambio redefine la noción de riesgo: del clásico riesgo de mortalidad, puntual y catastrófico, al riesgo de longevidad, lento y acumulativo.
A partir de su mirada sobre salud, patrimonio y relaciones como pilares de una vida larga con sentido, Rey Actis repasa los errores más frecuentes en la planificación individual y empresarial, los límites de edad que dejan fuera de cobertura a quienes más la necesitan y el rol que las aseguradoras pueden asumir en una región que, según advierte, envejece antes de haberse enriquecido.
¿Qué significa envejecer con sentido en un contexto de mayor longevidad poblacional?
Significa entender que vivir más años no es ser viejo durante más tiempo. Es haber recibido unos treinta años de vida adicionales respecto a las generaciones que nos precedieron sin un manual que explique qué hacer con ellos. El sentido aparece cuando esos años dejan de ser un añadido que simplemente ocurre y pasan a ser una etapa llena de oportunidades y plenitud.
Durante décadas organizamos la vida en tres etapas bastante estructuradas: estudiar, trabajar, retirarse. Ese esquema ya no tiene sentido. Si una persona estudia hasta los 25, trabaja 40 años y después vive otros 35 retirado, las cuentas no dan, ni las económicas ni las vitales. La longevidad propone articular etapas múltiples y solapadas, sin un orden estricto: formarse otra vez a los 50, cambiar de actividad a los 60, generar ingresos a los 70 de una forma distinta a como se hacía a los 40.
“Vivir más años no es ser viejo durante más tiempo”
Envejecer con sentido, entonces, tiene tres apoyos que se sostienen entre sí. La salud, entendida desde el autocuidado consciente y preventivo y no desde la intervención posterior cuando la enfermedad ya ha aparecido. El patrimonio, entendido como la capacidad de financiar una vida larga sin depender exclusivamente de lo (poco) que el Estado pueda pagar. Y las relaciones desde una perspectiva amplia: relación con el tiempo, con el entorno, con los demás y con uno mismo, que es donde aparece el propósito. Si falta cualquiera de las tres, los años extra pueden vivirse con inquietud.
Hay una condición previa a todo esto, que es abandonar la vieja narrativa de la vejez: esa asociación automática que vincula tener muchos años con ser indefectiblemente frágil, improductivo y prescindible. Es una narrativa construida hace más de dos siglos, con una esperanza de vida que no llegaba a los cincuenta años, y seguimos tomando decisiones personales, empresariales y políticas como si siguiera siendo cierta.
¿Cómo cambia el perfil de riesgo de una persona a medida que se extiende su expectativa de vida?
Este es un tema bastante complejo y puede generar resistencia. El riesgo cambia de naturaleza, no solo de intensidad. El seguro nació para cubrir el riesgo de mortalidad, por ejemplo: morir antes de tiempo y dejar a la familia sin sostén. Ese riesgo sigue existiendo, pero con la mayor esperanza de vida ha aparecido otro que hasta hace poco casi no nombrábamos y que hoy es determinante: el riesgo de longevidad, es decir, vivir bastante más de lo previsto y quedarse sin recursos por el camino.
Son riesgos de signo contrario y requieren de un planteamiento y enfoque diferentes. El primero es puntual y catastrófico; el segundo es lento, prolongado y acumulativo. Uno se cubre con un capital; el otro exige un flujo sostenido durante veinte o treinta años, en un contexto de inflación y de mercados que no se comportan de forma lineal.
“El riesgo cambia de naturaleza, no solo de intensidad”
De forma subyacente a ese cambio general hay al menos tres transformaciones profundas. La primera es sanitaria: hay un desplazamiento desde la enfermedad aguda, que se cura con medicación o intervención, hacia la cronicidad, es decir, enfermedades que acompañan a la persona durante el resto de su vida y deben gestionarse, no curarse; y, en el último tramo, hacia la dependencia y la necesidad de cuidados de larga duración. La segunda es laboral: el capital humano se deprecia mucho antes de la edad de jubilación, y la salida del mercado de trabajo entre los 45 y los 55 años se ha vuelto un riesgo financiero tangible. Esto es incompatible con la edad de jubilación y una esperanza de vida mayor: hay más años por financiar y el mercado laboral expulsa cada vez antes a las personas. La tercera es de género: las mujeres viven más años, cuidan más, cotizan menos y necesitan, por tanto, más capital acumulado para financiar una vida más larga.
Hay además un momento crítico, alrededor de los 50 años, en el que la mayoría de las personas toma conciencia de todo esto a la vez. Es tarde, pero todavía está a tiempo. Ese punto de inflexión es, para el sector, la conversación más valiosa que puede tener con su cliente.
¿Por qué la cobertura de vida, salud y pensión se vuelve clave justo en las etapas donde más se necesita protección?
Porque en la longevidad se produce una paradoja que es incómoda: la necesidad de protección aumenta justo cuando la oferta empieza a reducirse. Los límites de edad para contratar un seguro de vida se sitúan habitualmente entre los 65 y los 70 años, y las coberturas suelen extinguirse alrededor de los 85. Los productos de dependencia, cuando existen, tienen períodos de carencia y edades máximas de cobertura que dejan fuera precisamente el tramo en el que la dependencia se manifiesta. El resultado es una brecha de cobertura que se acentúa justo donde más se necesita.
“La cobertura hay que contratarla cuando todavía no se necesita. Cuando ya hace falta, o no está disponible o es inasumible”
A eso se suma una segunda tensión. La protección pública está bajo presión estructural en casi toda la región: hay menos personas cotizando por cada persona que cobra, por la reducción de la población activa asociada a la caída de las tasas de natalidad, la alta informalidad laboral y sistemas de salud que no van a poder atender en tiempo y forma todas las necesidades de cuidados. El estado de bienestar, tal y como lo conocimos, se está privatizando de forma indefectible. Va más allá de una opinión ideológica; es una descripción real de lo que ya está ocurriendo.
En América Latina esto es especialmente relevante porque la región envejece antes de haberse enriquecido y con una penetración aseguradora todavía baja: representa alrededor del 3 % de las primas del mundo, con la mitad de la población bancarizada sin ningún producto de seguro contratado. Es decir, el instrumento que debería amortiguar el impacto todavía no está donde tiene que estar.
La conclusión es sencilla pero difícil de que las personas la asimilen: la cobertura hay que contratarla cuando todavía no se necesita. Cuando ya hace falta, o no está disponible o es inasumible. La protección, igual que la salud, funciona con lógica de gratificación diferida.
¿Qué errores frecuentes ve en cómo las personas o las empresas planifican esta etapa de la vida en términos de protección y prevención?
En las personas identifico cinco errores que se dan de forma recurrente. El primero es dar por hecho que la pensión pública mantendrá, más o menos, el nivel de vida. Se suele razonar que con el 50 % de los ingresos de la etapa activa se puede vivir; pero, cuando se hacen bien las cuentas, la cifra realista está más cerca del 60 % o el 70 %. El segundo es no haberse hecho nunca la pregunta: ¿cuánto dinero voy a necesitar y durante cuántos años? El tercero es la baja educación financiera, que no es un problema de estudios sino de acceso porque muy poca gente sabe qué le ocurre a un ahorro con una inflación por encima del tipo de interés.
El cuarto error es confiar en la vivienda como plan de jubilación. Es un activo ilíquido, monetizarlo resulta caro y complejo, y casi siempre choca con el deseo real de las personas mayores, que es permanecer en su casa. El quinto es pensar que la falta de ahorro se compensará después invirtiendo con más agresividad. Ocurre lo contrario porque la propensión al riesgo disminuye con la edad y el horizonte para recuperar una caída se acorta.
“La edad cronológica no puede utilizarse como variable principal de segmentación porque es un mal predictor”
En las empresas los errores son de otro tipo. El más caro es tratar el cambio demográfico como un asunto de recursos humanos y no como un asunto de estrategia y de mercado. Se prescinde de talento sénior por un cálculo de coste a corto plazo, se invierte muy poco en formación a partir de los 55 años y, al mismo tiempo, se diseñan productos para un cliente mayor al que no se conoce y sobre el que se opera con estereotipos.
¿Qué significa repensar productos para el público senior?
Significa pasar de una lógica indemnizatoria donde ocurre un hecho y se paga un capital, a una lógica de acompañamiento a lo largo del ciclo de vida. En concreto, para mí ese cambio se traduce en cuatro decisiones.
La primera es segmentar de verdad. Las personas de más de 55 años son el grupo poblacional más numeroso del mundo y también el más diverso: entre alguien de 58 que trabaja, sostiene a sus padres y a sus hijos, y alguien de 84 con necesidad de cuidados hay cuatro décadas y ninguna semejanza. Incluso, dos personas de la misma edad pueden vivir etapas vitales totalmente diferentes. La edad cronológica no puede utilizarse como variable principal de segmentación porque es un mal predictor. Hay que trabajar con edad funcional, situación de salud, composición del hogar y responsabilidades de cuidado. La base para esta nueva forma de segmentar es el enfoque de ciclo de vida de Modigliani o de etapa vital de Wiler Golden.
La segunda es aceptar que la unidad de riesgo ya no es el individuo, sino el hogar multigeneracional. La generación intermedia sostiene a la vez a mayores y a jóvenes, y en muchas familias son los abuelos quienes aportan liquidez y cuidados. Un producto que solo mira a la persona asegurada se pierde dónde está realmente la vulnerabilidad y la oportunidad.
La tercera es integrar servicio y cobertura. En este segmento el valor percibido no está tanto en la indemnización como en la resolución: quién me acompaña, quién coordina los cuidados, quién me ayuda con la parte legal y fiscal, quién me orienta cuando aparece un diagnóstico.
La cuarta es el diseño, entendido en sentido amplio: el coste o prima, los canales, el lenguaje empleado y la accesibilidad del proceso de contratación y de siniestro. Un producto que se presenta como algo “para mayores” o “silver” fracasa; uno que funciona bien para una persona de 75 años suele funcionar bien también para una de 40. Eso es diseñar para toda la vida, no diseñar para la vejez.
¿Qué debería ofrecer un producto pensado para una población que vive más años y de forma más activa?
Antes que nada, protección real frente al riesgo de longevidad, que hoy es el hueco más evidente de la oferta. Las rentas vitalicias siguen siendo un producto poco desarrollado y comprendido, y es justamente el instrumento diseñado para el problema que tenemos: garantizar un flujo mientras la persona viva, dure lo que dure.
En segundo lugar, modularidad. Una vida larga ya no transcurre por etapas fijas, sino por transiciones: reducciones de jornada, cambios de actividad, períodos de cuidado de un familiar, reincorporaciones. El producto tiene que poder acompañar esas transiciones sin obligar a rescatar y volver a empezar, y tiene que ser portable y transparente en costes.
En tercer lugar, la combinación de renta y cuidados. La necesidad económica y la necesidad asistencial aparecen juntas en el último tramo, y sin embargo se venden por separado. Las fórmulas que combinan renta vitalicia con prestación de cuidados, incluidas las que se apoyan en la monetización ordenada del activo inmobiliario, son de las más prometedoras si se diseñan sin penalizar a la persona que quiere seguir viviendo en su casa.
“Se trata de diseñar para toda la vida, no diseñar para la vejez”
En cuarto lugar, un componente preventivo con incidencia real: salud física, salud mental (que sigue siendo la gran olvidada) y acompañamiento en hábitos. Conviene recordar que una parte muy alta de la mortalidad prematura procede de enfermedades no transmisibles que son prevenibles.
Por último, dos sugerencias que parecen menores pero no lo son: revisar los límites de edad, que hoy dejan fuera precisamente al cliente que más necesita cobertura, e incorporar una mirada de género.
¿Qué papel pueden desempeñar las aseguradoras en promover una longevidad más saludable, más allá de la cobertura ante siniestros?
Pueden pasar de pagador a socio, y creo que es una posición que les corresponde de forma natural por dos motivos. El primero es informativo: pocas industrias tienen datos longitudinales de salud, comportamiento y patrimonio de tanta calidad y durante tantos años. Eso permite medir algo que casi nadie mide bien todavía, que son los años de vida saludable, y no solo la mortalidad. El propio Gompertz advirtió que sus tablas de mortalidad podían ser imprecisas a partir de los 80 años debido, en parte, a lo que el propio David Sinclair afirma: “Cuanto más vivimos, más vamos a vivir.”
El segundo es de incentivos. Si una compañía consigue que su cartera llegue a los 70 años con menos enfermedad crónica, gana el asegurado y gana el ramo de salud. Conviene decir con honestidad que ese alineamiento no es automático en todos los ramos: en las rentas vitalicias, por ejemplo, una mayor supervivencia encarece el compromiso de pago.
En la práctica, veo cuatro terrenos concretos. Prevención y autocuidado, trabajando sobre lo que sí tiene evidencia: alimentación, movimiento, descanso y cuidado de la mente. Educación financiera y sanitaria, que es una función social que el sector puede ejercer con legitimidad y que además le construye mercado. Alianzas con sistemas de salud, empleadores y ciudades, porque la longevidad saludable no se gestiona desde un solo actor. Y la estructuración de la oferta de cuidados formales, hoy casi inexistente en gran parte de la región y sostenida de manera informal por las mujeres de la familia o contratadas (la mayoría, de manera informal).
Con una cautela que me parece importante ya que la prevención no puede convertirse en un mecanismo de selección ni en una tarificación que castigue a quien parte de peor situación. Si la longevidad saludable acaba siendo un privilegio de quienes ya están sanos, el sector puede perder la oportunidad y también la confianza.
Mirando hacia adelante, ¿cómo cree que la demografía va a transformar el mercado asegurador en los próximos años?
Va a transformarlo por completo, y más rápido de lo que se está descontando. En América Latina y el Caribe las personas de 60 años y más eran unos 88 millones en 2022, alrededor del 13 % de la población; en 2030 serán casi 115 millones y hacia 2060 rondarán el 30 % del total. La CEPAL lo resume con una frase: la región ha envejecido en medio siglo lo que Europa tardó dos siglos en envejecer. No hay tiempo de adaptación gradual, hay que actuar ya.
El primer efecto será técnico. Las tablas de mortalidad se quedan cortas, el riesgo de longevidad pasa a ser protagonista y la gestión de activos de larga duración se vuelve un asunto crítico. El segundo será de composición de cartera: peso decreciente de los ramos tradicionales y crecimiento de salud, vida-ahorro, rentas y cuidados, seguros híbridos o combinados, que es donde estará la demanda.
El tercero es patrimonial. Estamos a las puertas de la mayor transferencia de riqueza registrada en la historia, con la generación del baby boom traspasando activos a sus hijos. Ahí el sector se juega mucho: la sucesión es el momento en el que se pierde o se retiene al cliente durante los siguientes treinta años.
El cuarto es interno. Las propias plantillas aseguradoras envejecen, y una compañía que no sabe gestionar su talento senior difícilmente sabrá diseñar para un cliente sénior.
Y el quinto es competitivo. Si el sector asegurador no ocupa este espacio, lo ocuparán la banca, las plataformas de salud y las tecnológicas financieras, que ya están mirando ahí. La demografía es el único dato del futuro que conocemos con precisión razonable. Es, probablemente, la mejor información estratégica disponible y sigue siendo la menos utilizada.